
Por Carolina Contreras
El primer amanecer del año no traía consigo celebraciones ni descanso para un grupo selecto de hombres y mujeres que conformaban la columna vertebral de una misión histórica. En el corazón de la Base Aérea Pudahuel, en Santiago, los preparativos eran intensos y meticulosos. La Fuerza Aérea de Chile (FACh) ultimaba los detalles del despliegue que iniciaría la Operación Estrella Polar III, un desafío logístico y estratégico inédito con la misión de llevar por primera vez a un Presidente de Chile y Latinoamérica hasta el Polo Sur.
Polo Sur, una misión estratégica
Este sueño polar no nació de la improvisación, su origen está anclado en décadas de compromiso antártico, en operaciones previas que abrieron los caminos del aire y en la visión de proyectar la presencia de Chile más allá de los límites continentales. Esta vez, más que alcanzar un punto en el mapa, el objetivo tenía otro trasfondo: era reafirmar con hechos el ejercicio de la presencia nacional, el interés científico, el compromiso ambiental y la capacidad tecnológica y humana para una operación de esta envergadura.

Estrella Polar I En noviembre de 1984 se desarrolló la Operación Estrella Polar, primera travesía al Polo Sur, que culminó exitosamente con el anevizaje de dos aviones DHC-6 Twin Otter, siendo acondicionadas con sensores, esquíes y otros equipos necesarios para operar.

Estrella Polar II En enero de 1995, tras 26 horas de vuelo y 13 mil 206 kilómetros de distancia recorrida, dos aeronaves DHC-6 “Twin Otter” aterrizaron en la Base norteamericana Amundsen Scott, en el Polo Sur. Esta expedición es la segunda travesía institucional al punto más austral del mundo, y que fue comandada por el entonces Comandante en Jefe, General del Aire Ramón Vega Hidalgo.

Halcón Polar En enero de 1999, la Fuerza Aérea de Chile realizó una trascendental hazaña que quedó registrada en los hitos de la aviación mundial: un Helicóptero Sikorsky UH-60 “Black Hawk” del Grupo de Aviación N°9, alcanzó por primera vez el Polo Sur.
Al atardecer del jueves 2 de enero, al interior del hangar del Grupo de Aviación N°10 en la Base Aérea Pudahuel en Santiago, un Boeing 767 estaba listo para la misión. A bordo se embarcarían el Presidente Gabriel Boric Font; la ministra de Defensa Nacional, Maya Fernández Allende: la ministra Medio Ambiente, Maisa Rojas Corradi; los Comandantes en Jefe de las Fuerzas Armadas, el General de Ejército Javier Iturriaga del Campo, el Almirante Juan de la Maza Larraín y el General del Aire Hugo Rodrigo González; la Subsecretaria de Relaciones Exteriores, Gloria de la Fuente, y un equipo de científicos del Instituto Antártico Chileno (INACH).
El ambiente era solemne. Las miradas ansiosas se cruzaban entre tripulaciones, técnicos y autoridades. Todos sabían que estaban a punto de emprender un vuelo que entraría en la historia aeronáutica nacional.
El vuelo desde Santiago hasta la Base Aérea Chabunco en Punta Arenas, era solo la primera etapa. Desde la ciudad magallánica, la comitiva cambiaría a la aeronave Gulfstream G-IV, que los llevaría hacia la Estación Polar Científica Conjunta Glaciar Unión, en el corazón de la Antártica. Este punto, ubicado a más de 3.100 kilómetros de Magallanes, serviría como base de avanzada para el último tramo, el más exigente, los 1.140 kilómetros y seis horas de travesía aérea en dos aeronaves DHC-6 Twin Otter y dos helicópteros MH-60M Black Hawk hasta la Base Amundsen Scott en el Polo Sur.
Detrás de cada kilómetro de esa ruta polar había una cadena de decisiones, recursos y aviadores militares que entrenaron incansablemente para cumplir con la misión. Los pilotos revisaban trayectorias y condiciones climáticas, los mecánicos inspeccionaban cada válvula, cada rotor, cada sensor. En paralelo, los equipos de comunicaciones afinaban las frecuencias satelitales, y los meteorólogos de la DGAC ajustaban los últimos modelos de pronóstico, las ventanas meteorológicas eran breves y un minuto podía marcar la diferencia. Todo debía funcionar como un reloj.
Para muchos, este viaje significaba una consagración profesional. Para Chile, significaba algo más profundo, demostrar que la soberanía se ejerce, que la ciencia se respalda, y que los desafíos nacionales se enfrentan con el peso del Estado y la fuerza de sus instituciones trabajando en conjunto.
A las 21:00 horas de ese 2 de enero, la turbina del Boeing 767 rugió sobre el asfalto. Las luces de la pista marcaron el inicio de una travesía de más de 12.000 kilómetros de ida y vuelta, sobre glaciares, océanos y la vastedad blanca del continente más austral del planeta.
Preparación y coraje para una operación de largo aliento


Tripulación de “Black Haw” Tripulación “Twin Otter”
Antes de que un solo rotor comenzara a girar o una aeronave despegara rumbo a la Antártica, la Operación Estrella Polar III ya se estaba gestando silenciosamente en salas de planificación, hangares y simuladores. Un desafío de tal magnitud requería más que voluntad, exigía un nivel de preparación técnico-operacional sin precedentes, en uno de los entornos más extremos del planeta.
La Institución comenzó a trabajar en esta misión más de un año antes de su ejecución. Se formó un grupo de trabajo dedicado exclusivamente a diseñar cada fase de la operación.
Al mando fue designado el Comandante de Escuadrilla (A) Álvaro Lamilla, quien asumió el rol de Comandante Operativo de Misión (COM). Bajo su conducción, el equipo se abocó a coordinar los medios aéreos, las rutas, la logística de abastecimiento, el soporte de vida, las comunicaciones, la habitabilidad, la seguridad sanitaria y hasta los permisos internacionales para operar en la Antártica.
Uno de los pilares del éxito fue el entrenamiento en condiciones reales. Para ello, las tripulaciones de helicópteros MH-60M Black Hawk y aviones DHC-6 Twin Otter participaron en campañas de instrucción en los Campos de Hielo Sur, donde se simularon vuelos con nieve, operaciones en pistas improvisadas, formaciones con visibilidad reducida y aterrizajes sobre terreno con hielo, con condiciones meteorológicas adversas y similares a lo que podrían llegar a enfrentar en el Polo Sur.
Junto al entrenamiento aéreo, en la Escuela de Montaña del Ejército la tripulación fue instruida en supervivencia en frío extremo, manejo de equipos especializados, evaluación de riesgos climáticos y gestión de emergencias. También se capacitaron sobre el Tratado Antártico y su Protocolo Ambiental, normas operacionales, sanidad en zonas aisladas, y la delicada interacción entre la actividad humana y el ecosistema del continente blanco.
La planificación contempló también aspectos de cooperación internacional. Se establecieron coordinaciones con la National Science Foundation de Estados Unidos para operar en la Base Amundsen-Scott, y con el British Antarctic Survey del Reino Unido para apoyo logístico en la Base Rothera. De la misma manera, la operación fue monitoreada por el Servicio de Búsqueda y Salvamento (SAR) de Chile, con cobertura satelital desde Punta Arenas, Australia y Nueva Zelanda.
Despegue al fin del mundo
A las 04:00 horas de la madrugada del 3 de enero de la Base Aérea Chabunco la comitiva presidencial despegó rumbo a la Estación Polar Científica Conjunta Glaciar Unión a bordo de dos aviones Gulfstream G-IV. Era el preludio de la hazaña. Allí, en la base chilena de avanzada, situada en el interior del Círculo Polar Antártico, aguardaban las tripulaciones y las aeronaves que serían las encargadas de cruzar los 1.129 kilómetros de territorio inhóspito hasta alcanzar el Polo Sur.
Llegó la fase decisiva. El estruendo acompasado de los rotores y motores marcó el inicio del último tramo de la expedición más austral jamás realizada por una delegación presidencial chilena. Entre los comandantes de aeronaves destacaba un nombre, la Capitán de Bandada (A) Natalia Henríquez, quien ese día se convertiría en la primera mujer piloto chilena en llegar al Polo Sur a bordo de un helicóptero MH-60M Black Hawk.
Después de más de seis horas de vuelo, pasadas las 16:00 horas de Chile continental, las aeronaves anevizaron sobre la superficie congelada del Polo Sur, junto a las instalaciones de la Base Amundsen-Scott de los Estados Unidos. La temperatura era de -29°C., pero el frío no fue obstáculo para la emoción.
Los motores de los helicópteros MH-60M Black Hawk y de los aviones DHC-6 Twin Otter se detuvieron en la vasta planicie de hielo del Polo Sur geográfico. Había concluido con éxito una travesía de más de 1.100 kilómetros desde Glaciar Unión, sobre uno de los entornos más extremos del planeta. En ese momento, el Presidente Gabriel Boric Font descendía de la aeronave y se convertía en el primer Jefe de Estado chileno, y también sudamericano, en llegar al punto más austral del mundo.
La presencia de todos ellos no solo representaba una operación exitosa, sino una declaración política, científica y estratégica, Chile no observa la Antártica desde lejos, la habita, la estudia y la protege.
“El ejercicio permanente de soberanía del Estado de Chile en la Antártica, como continente de ciencia y de paz, hoy queda ratificado… hemos llegado al punto más austral del mundo con recursos propios. La Fuerza Aérea de Chile en conjunto con el resto de las instituciones, han dado una demostración de capacidad que, sin lugar a duda, va a marcar un hito en la historia antártica no sólo de Chile, sino que del mundo”, destacó el Presidente Gabriel Boric.

Por su parte, el General del Aire Hugo Rodríguez González, Comandante en Jefe de la Fuerza Aérea de Chile y uno de los pilotos de la operación, a su regreso compartía su reflexión.
“Siento un gran orgullo porque lo que planificamos durante tanto tiempo permitió realizar una operación en la que demostramos las capacidades que tiene nuestra Institución. Esto nos ha llevado a tener éxito en esta operación Estrella Polar III para llegar al punto cero del mundo, al Polo Sur. Lo hicimos con abnegación, superando las dificultades que una operación de esta magnitud presenta. Solo quiero dar las gracias a quienes participaron, hombres y mujeres de la Fuerza Aérea de Chile que actuaron con valentía.”



